Para aquellos que crecimos entre la década del 70 y el 80 cerca de una radio, y que, de alguna forma u otra, su compañía se convirtió en nuestro medio primigenio de información y asociación cultural, vimos cómo se nos dibujaba un caleidoscopio, no solo de sonidos, sino de ideas diversas.
Mientras nos deleitábamos con programas radiales artesanales que escuchábamos como Cuentos y Leyendas de Honduras, Platicando con mi Barbero, Frijol y Gañote, Pancho Madrigal y otras tantas manifestaciones culturales propias y originales; desde el norte nos visitó un evento que cambió la percepción, la forma y el fondo de los procesos identitarios en muchas capas de nuestro tejido social en la década de los 80s: la cultura pop anglosajona.
Fue entonces cuando comenzó un proceso mucho más complejo. La dinámica de la televisión fue tomando protagonismo a medida que el enfoque de las cadenas televisivas se fue orientando a potenciar el sector del entretenimiento. Esta experiencia fue como una especie de fenómeno de transformación cultural que nos tocó conocer poco a poco, ya que nos presentaba una complejidad estructural, y, sobre todo, porque recibimos esa carga de forma abrumadora que terminó ocupando buena parte de nuestra vida cotidiana.
La relación casi simbiótica que se formó entre radio y televisión nos permitió analizar el «catálogo cultural» comercial de aquella época que provenía de Estados Unidos y de la Gran Bretaña. Logramos valorarlo como un activo cultural e identificarlo como eje de la plataforma de este fenómeno anglo, y nos dimos cuenta de que su propuesta fue fundamental en la redefinición ideológica de América Latina. Lo nuestro no fue como la British Invasion que sacudió la industria artística gringa en los años sesenta, sino más bien un proceso de apropiación cultural que se alimentó de varias fuentes, se manifestó de varias formas y fue formando un ramal de ideas y conceptos que se extendió con facilidad en nuestro modelo social de consumo.
La radio y la televisión fueron canales que los grupos de poder utilizaron para insertar sus doctrinas y hacerlas germinar en la programación diaria. El televangelismo de Jimmy Swaggart y el Club 700 fueron ejemplos claros de cómo el protestantismo pentecostal —como uno de esos grupos poderosos— se hizo presente en los hogares hondureños para aportar su grano de arena en todo el avance doctrinario. Fue un modelo bien estructurado y patentado que se exportó a nuestro suelo con rapidez y efectividad. Todo llegaba de forma rápida y para quedarse: Warhol y Basquiat, Madonna y Michael Jackson, Pac Man y Mario Bros, Lobo del Aire y el Auto Fantástico, Superman y Hulk, Swatch y Trapper Keeper, Fila y LA Gear, Coca Cola y Pepsi Cola, chaquetas de mezclilla y minisetas, Miami Vice y Patrulla Motorizada, Alf y Mr. T, fueron productos elaborados precisamente para que el proyecto de transformación cultural a nivel de consumo y concepción de ideas encontrara un espacio fértil adonde quiera que se desarrollara.
Eran productos culturales distintos, venidos de largo, con otro idioma y otra carga cultural, pero diseñados para formar parte de manera sutil en los hábitos de consumo de la población más joven, a la que se le consideró, de alguna manera, más apta para poder moldear sus rutinas y actividades diarias. A partir de ese momento, nuestros referentes comenzaron a ser los rostros asociados a esas marcas. Nos montábamos en un triciclo y jugábamos a ser el Oficial Poncherello de Patrulla Motorizada, utilizábamos una raqueta de plástico, la convertíamos en guitarra y jugábamos, con el vecino, a que éramos el dúo Hall & Oates; en octubre, sobre todo, hacíamos una pelota de calcetín del tamaño de un puño y, con un palo de escoba y un espacio medianamente abierto, jugábamos beisbol porque es en ese mes que se juega la final de la liga estadounidense de ese deporte (que, en el típico despliegue de arrogancia gringa, le llaman Serie Mundial), y hasta decíamos que éramos Orel Hershiser y Don Mattingly.
Como nota interesante, Gerald Young, primer jugador hondureño en jugar en esa liga, militando como jardinero central de los Astros de Houston, no figuraba en esa lista de ídolos, porque el elemento central de la propuesta no apostaba al arraigo patriótico, sino que se basaba en un catálogo cuidadosamente curado para distorsionar lo que ya conocíamos y consumíamos, y por supuesto, no todos poseían los «estándares» para figurar en sus páginas.
Eran productos finamente acabados y diseñados para que brillaran sin importar las condiciones, y eso nos acaparó casi de inmediato. Al mencionar algunos de estos ítems del catálogo y la forma en que influían en nuestro comportamiento, no apelo a la nostalgia, sino a la forma en que, desde edad muy temprana, íbamos desarrollando una idea y un concepto alrededor de todo este fenómeno. Íbamos abrazando, de a poco, un cuerpo identitario que no era el nuestro, pero nos gustaba porque nos hacía sentir bien (pienso en Jump de Pointer Sisters o en Mickey de Toni Basil y encuentro ahí los elementos de ese bienestar al que me refiero).
Volviendo un poco a la evolución de la televisión, mencioné que esta creció a medida que los ejecutivos se enfocaron en potenciar el entretenimiento como parte de su menú, y, estos, al identificar la necesidad de promoción como una oportunidad de lucro desmedido, crearon el evento que revolucionó la década de los 80s: el canal MTV. Un canal que se presentó como el primer medio televisivo (gringo para variar) dedicado exclusivamente a contenido musical las 24 horas, con tal impacto que el canal adoptó como emblema el tema Video Killed the Radio Star, de Trevor Horn y The Buggles, convirtiéndolo en el símbolo del desplazamiento de la radio por la imagen. Este canal era una suerte de carrusel que rotaba sin cesar el enorme volumen de artistas estadounidenses y británicos que se mostraban como figuras renacentistas bajo la moda del Aqua Net, las camisetas a rayas, las luces de todos los colores posibles, los aretes de colmillo, y una actitud más seductora que desafiante. No fue necesario instalar el canal en la grilla de nuestro sistema comercial, bastó importar su contenido y mostrarlo en programas dedicados para que los resultados fueran igual de efectivos.
La cultura pop anglosajona no solo definió ideas, sino que creó circuitos, y era natural que sucediera porque esta no podía residir de manera orgánica en el imaginario colectivo y presentarse como una simple expresión cultural abstracta, sino que necesitaba un entorno donde manifestarse, y fue entonces cuando se comenzó a desarrollar la cultura del centro comercial como punto neural del entretenimiento basado en el consumo.
En Tegucigalpa, por ejemplo, Plaza Miraflores se convirtió, no solo en el primer gran centro comercial de la capital, sino en una especie de meca que ofrecía a sus visitantes, esa tierna sensación de placer y bienestar. De hecho, el primer lema de ese centro comercial fue: «Plaza Miraflores, donde compra la gente contenta». Una tarde de cine Multicines Plaza para ir a ver Purple Rain, E.T. o Los Goonies, o patinar en Patines Plaza con música de Men at Work de fondo en un salón con una bola de cristal que guindaba del techo, o visitar la Isla de la Fantasía para jugar Paperboy, Outrun o el famoso hockey de mesa que se jugaba con discos blancos plásticos en una «mesa de aire», eran opciones atractivas para la juventud de la época y se presentaban como formas de consumo que proveían algo para todos a la medida de sus «necesidades».
Este concepto de espacio físico no solo se limitó a estructuras rígidas, sino también a zonas de intercambio e interacción que lograron ser etiquetados como códigos lingüísticos. «Ir a tirar el rol al bule» por ejemplo, era, no solo una frase pegajosa, sino que atrevida y divertida. Era una invitación a la aventura y el ritmo, donde convergían los elementos necesarios para hacer de la experiencia del fin de semana lo más amena posible, ya sea en el boulevard Morazán (en Bucanero Bay) o en el Juan Pablo II (In & Out o Tropical Port).
Pero aquí está el tuétano de toda esta iniciativa. Toda esta red bien articulada y desplegada a lo largo de los grandes centros poblacionales, no era una iniciativa meramente de distracción; era un proceso continuado y detallado para plantar una semilla de adoctrinamiento que nos hizo creer que lo que nos llegaba del norte era sello y palabra. Por ejemplo, crecimos odiando a los soviéticos porque Rocky Balboa le partió la madre a Iván Drago en Rocky IV; creímos a pie juntillas que Ronald McDonald era nuestro amigo y que tener un par de Ray Ban estilo aviador (con cola de ratón y estuche de faja) nos acercaría a Pete Mitchell que, en su F-14 Tomcat, cazaba MiG soviéticos en Top Gun, o que andar un Walkman con música de Pet Shop Boys o Duran Duran en un TDK de 60 minutos, era sinónimo, no solo de estar actualizado tecnológicamente, sino de poseer el mejor gusto posible en relación a las opciones musicales del momento. Estos personajes que sobresalían en la pantalla chica o grande, extrapolaron su aura cinematográfica a su imagen mercadológica, porque, también fuera de la pantalla, fueron considerados héroes. Ellos enarbolaban una bandera que pretendía colocar sus «ideales» encima de todo lo demás, y les resultó (Facundo Cabral criticaba la poca originalidad de Hollywood porque pasaron 30 años matando al mismo vietnamita). Mientras celebrábamos la variedad cultural de un fenómeno que medía nuestra felicidad en distintos niveles y categorías, los estamentos sociopolíticos se consolidaban desde las cúpulas de poder gubernamentales, diplomáticas, empresariales, castrenses y eclesiales.
Al final, no sé si se terminó de moldear un concepto que contrastaba, casi a nivel de choque, con una realidad que era más avasalladora, pero lo que sí sé, es que el sistema de creencias, hábitos, modales y rutinas se vio afectado de un modo u otro a lo largo del tiempo en una población que crecía en medio de la incertidumbre. Este fenómeno nunca fue un placebo. No estaba diseñado para serlo.
Fue un mecanismo para convertir a nuestro territorio latinoamericano en un laboratorio conceptual, que, a través de sus distintos ensayos, creó el prototipo más cercano al modelo de sociedad que necesitaron tener en estas latitudes: el de la «democratización» a través del manejo de la miseria humana donde la industria local resistió hasta donde pudo el embate de esta ola roja, blanco y azul que les marginó hasta donde pudo (pienso en los jeans Los dos toros y me acuerdo que el alcance de este producto fue percibido por muchos como un estándar de calidad, porque, más allá de la calidad propia, era lo más cercano a un Levi’s que se podía tener).