El Partido Liberal (PL) de Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con el 47,03 % de los votos, mientras Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), obtuvo el 45,16 %. Ahora, ambos se enfrentarán en una segunda vuelta el próximo 25 de octubre.

Pero Brasil no está decidiendo únicamente quién ocupará la Presidencia. Está decidiendo quién tendrá influencia sobre una de las naciones con mayores recursos y potencial económico de América Latina.

Brasil es la economía más grande de la región. Tiene petróleo, agua, minerales, tierras y, sobre todo, millones de trabajadores que sostienen una de las fuerzas productivas más importantes del continente. Además, forma parte de los BRICS junto a China, Rusia, India y Sudáfrica.

Y ahí está una parte fundamental de esta elección.

Los BRICS representan un espacio cada vez más importante en la disputa por el rumbo de la economía mundial. China es uno de los principales socios comerciales de Brasil, mientras Estados Unidos intenta conservar su influencia política y económica sobre América Latina.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos (EE.UU.), ha atacado públicamente a los BRICS e incluso ha amenazado con imponer aranceles a países que impulsen políticas que, según él, «perjudiquen al dólar».

Entonces, ¿por qué debería preocuparnos que Lula pierda?

Porque Brasil está en medio de una disputa por el poder económico y político internacional. Y dependiendo de quién gobierne, el país puede defender una relación soberana con el resto del mundo o volver a convertirse en una pieza más del tablero de EE.UU., que históricamente ha saqueado e intervenido en América Latina.

Con la continuidad de Lula como presidente existe la posibilidad de que Brasil mantenga una política exterior independiente, fortalezca sus relaciones con distintos bloques y defienda su soberanía.

Pero con Flávio Bolsonaro como mandatario, sería la crónica de una muerte anunciada para la soberanía brasileña y, por extensión, para la soberanía latinoamericana.

Nuestra historia está llena de intervenciones, presiones políticas, golpes de Estado, sanciones y disputas por nuestros recursos. América Latina conoce demasiado bien lo que ocurre cuando Estados Unidos decide que nuestros territorios, nuestros recursos y nuestras decisiones «les pertenecen».

Venezuela tiene una de las mayores reservas de petróleo del planeta y durante años ha enfrentado sanciones y presiones externas, y a inicios de este año fue vilmente asaltada. Cuba lleva más de seis décadas sometida al embargo de Estados Unidos, con consecuencias que han golpeado directamente a su población.

Y Honduras tampoco necesita que le expliquen lo que significa abrirle la puerta a intereses gringos.

Las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDES) son un ejemplo de cómo se puede intentar entregar a intereses privados espacios de decisión que deberían permanecer bajo control del pueblo hondureño. No se trata solamente de territorio. Se trata de soberanía.

Por eso hablar de Brasil también es hablar de Honduras; es hablar de América Latina.

Porque Latinoamérica es una región con petróleo, agua, minerales, biodiversidad, tierras fértiles y, sobre todo, millones de trabajadores que producen riqueza en todo el continente.

El problema es que durante demasiado tiempo las grandes potencias han mirado hacia América Latina como una reserva de recursos, como un mercado y como un territorio donde imponer condiciones, pero pocas veces como una región con derecho a decidir su propio destino.

Y ahí está la verdadera pregunta que debería hacerse cualquier latinoamericano:

¿Vamos a seguir permitiendo que otros decidan qué hacemos con nuestros recursos, con nuestros gobiernos y con nuestro futuro?

¿O vamos a entender, de una vez por todas, que la soberanía no se negocia y que América Latina tiene derecho a construir su propio camino?

Cuando una potencia latinoamericana defiende su soberanía, abre una puerta para toda la región y, cuando la entrega, todos terminamos pagando el precio.

Por eso lo que pasa en Brasil no solo afecta a Brasil.