Introducción

El modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) se implementó en Latinoamérica después de la Segunda Guerra Mundial. Tal como lo dice Dussel (2013) en la tesis 11.54:

«[…] Bajo el lema de CEPAL. Se obligó a admitir capitales extranjeros y subsumir mejor tecnología, lo que permitió la expansión en la periferia del capital en su momento productivo (de las fábricas mismas). Antes se habían exportado desde el centro de las mercancías elaboradas en el territorio de los países centrales (en Detroit, el automóvil Ford). Ahora se producirían en el mismo territorio de los Estados periféricos (en São Paulo, Brasil, se instalaba una fábrica de Ford). Las transnacionales combinan de manera nueva la composición orgánica más desarrollada de los países centrales con los salarios más bajos de los países subdesarrollados periféricos [división internacional del trabajo, ahora conocida como offshoring y nearshoring].»

El modelo ISI agudiza la dependencia entre el centro y la periferia, entre el desarrollo y el subdesarrollo, mediante la expansión del capitalismo y la división internacional del trabajo, lo que genera un déficit comercial en los países subdesarrollados, como exportadores de materias primas e importadores de bienes manufacturados. Esto nos lo advierte Dussel cuando existe competencia entre capitales globales nacionales: las relaciones entre capitales de mayor composición orgánica extraen plusvalor de capitales de menor composición orgánica (Dussel, 2013).

El modelo ISI en Honduras

De acuerdo con Hirschman (1968): de las cuatro fuerzas motrices de la ISI —problema de balanza de pagos, guerras, aumento gradual de ingresos y una política definida de desarrollo—, solamente la primera tiende a favorecer a las industrias de bienes no esenciales. La última —una política definida de desarrollo— probablemente produciría la desviación opuesta. Las otras dos fuerzas son neutras respecto a las industrias de bienes suntuarios. Las guerras interrumpen o dañan todo movimiento internacional de bienes, esenciales o no, y ofrecen entonces un estímulo uniforme a la producción de bienes que antes se importaban. Lo mismo es cierto del estímulo al crecimiento gradual de los mercados.

En Honduras se empieza a implementar el modelo ISI en los años 50. Sin embargo, fue durante la administración del gobierno militar reformista del general López Arellano (1972-1975) cuando se implementó una serie de transformaciones económicas, políticas y sociales de carácter modernizante (CEDOH, 1990). La implementación del modelo ISI llevó a la regionalización de la producción, es decir, a la diversificación industrial por regiones (Meza Palma, 2020).

Honduras rompe con el conservadurismo fiscal a partir de la segunda mitad de los años 70. De 1950 a 1974, el déficit fiscal representó un poco más del 2% del PIB. En la segunda mitad de los 70, el porcentaje creció al 7%. Esto está asociado a la expansión del sector público (CEDOH, 1990).

Debido a los precios altos de los productos de exportación y al aumento del gasto público, que se traduce en la creación de instituciones públicas, se obtuvo un balance positivo en el período 1976-1979. El PIB a finales de los años 70 había crecido a una tasa anual de 8.8%. Las exportaciones de bienes y servicios crecieron un 9.8%. Las importaciones de insumos y materias primas para los sectores agrícola e industrial registraron una tasa de crecimiento del 11.7% entre 1976 y 1979. La formación interna bruta de capital fijo a finales de los 70 creció a un promedio anual del 10% (CEDOH, 1990).

El fortalecimiento de la inversión pública se debe a la creación de la Corporación Nacional de Inversiones (CONADI), responsable del 74% de la inversión nacional a través de sus 68 empresas (Meza Palma, 2020).

Caída del modelo y caso CONADI

A nivel económico, a principios de los años 70, Honduras, como economía de posguerra basada en las exportaciones agrícolas y en el Mercado Común Centroamericano, comenzó a experimentar un agotamiento. Simultáneamente, sufrió efectos negativos debido al aumento de los precios del petróleo en 1973 y 1979, así como a la inflación mundial. Además, el huracán Fifí destruyó en 1974 la producción y parte de la infraestructura de la costa atlántica hondureña (CEDOH, 1990).

El modelo ISI en Honduras alcanzó su mayor derrotero con la quiebra de las empresas nacionales, como en el caso emblemático de CONADI, siendo estas pérdidas del 25% de la deuda externa nacional para los 80. Y la conclusión vital es la que brinda Meza Palma (2020):

“Los desórdenes de los gobiernos militares aliados con élites político-económicas de finales de los 70, más los ruidos de una transición democrática hacia gobiernos civiles de principios de los 80, fueron combinaciones de poder malignas para fomentar una especie de anarquía y corrupción en todas las instituciones del Estado. Esto resultó en la quiebra prematura de las principales empresas estatales e instituciones corporativas, que se suponía que impulsarían un desarrollo sostenido y de largo plazo; además, la protección estatal de las inversiones industriales condujo a severas distorsiones en los precios internos y a la constitución de una burguesía incapaz de competir en el mercado internacional.”

De acuerdo con CEDOH (1990), CONADI representó una deuda de casi L. 700 millones que un grupo de empresarios tenía.

En un artículo de EL PULSO (2018) se esboza el caso CONADI de la siguiente manera:

“La Corporación Nacional de Inversiones (CONADI) se crea en 1974 bajo el modelo de ISI. A través de CONADI, los empresarios se hacen de grandes capitales con garantía hipotecaria de CONADI. Luego, mediante un mecanismo de “alquimia” que aprovechaba la estructura de CONADI, se transformó la deuda privada en deuda pública para recuperar activos sin costo real. Primero, el Estado actuó como aval de préstamos externos de sus empresas; luego, mediante el esquema de “acreedurías”, el Estado asumió esas deudas y se convirtió en propietario de las empresas; finalmente, a través de subastas manipuladas, compensaciones cruzadas y subvaloración de activos, el propio empresario recompró empresas o adquirió otras sin desembolso efectivo, logrando que “X + Y = 0”, es decir, quedarse con activos productivos mientras la deuda quedaba socializada en el Estado hondureño.”

Conclusión

Ineluctablemente, la industrialización de un país conlleva el desarrollo de la composición orgánica del capital con el fin de competir con otros capitales globales y de no exportar el plusvalor de la periferia al centro. Sin embargo, la industrialización también obedece a un Estado con una visión a largo plazo. Cosa que pasó a la inversa en Honduras, sumada a la corrupción de las élites políticas y económicas del país.

Hirschman afirma: «[S]ólo una burguesía nacional unida y muy influyente podrá llevar a cabo la industrialización, más allá de la relativamente segura sustitución de importaciones, a la peligrosa etapa orientada a la exportación». En tal sentido, plantea tres perspectivas: 1) el Estado debe ocuparse del comercio exterior; 2) el Estado fomenta activamente las exportaciones de las empresas privadas; y/o 3) el Estado debe ocuparse de los obstáculos que imponen otros Estados, por ejemplo, los mercados comunes entre países en vías de desarrollo (Hirschman, 1968).

En el caso de Honduras, debemos crear una visión de país cuya finalidad sea la industrialización. Sobre todo, teniendo en cuenta que en la actual guerra en Asia oriental y en la configuración de un mundo multipolar, muchas de las certezas que teníamos debemos repensarlas, reflexionarlas y problematizarlas para hacer frente a las múltiples crisis que se avecinan y estar listos para ser una sociedad abierta, resiliente, democrática, innovadora y dispuesta a realizar las transformaciones necesarias.

La industrialización es una deuda heredada y es deber de los sectores progresistas y pensadores crear las condiciones para saldarla.