“No hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.”

— José Martí

1. Introducción

La historia de Honduras se define por un diseño institucional marcado por la deuda externa y el control de élites, originado en el siglo XIX tras procesos independentistas que dejaron al Estado dependiente de la banca internacional y bajo el mando de caciques locales. Esta debilidad estructural facilitó la consolidación del enclave bananero, un modelo donde empresas estadounidenses no solo monopolizaron la economía nacional, sino que articularon el poder político y financiaron al Estado, convirtiéndolo en una “República Bananera” supeditada a intereses extranjeros. Décadas después, el intento de modernización mediante el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) en los años 70 también fracasó debido a la corrupción sistémica en instituciones como la CONADI. Bajo este esquema, las élites políticas y económicas utilizaron el aparato estatal para socializar deudas privadas, transformando el capital de inversión en una carga financiera que llegó a representar el 25% de la deuda externa nacional.

A partir de 1990, el país entró en una fase de neoliberalización y captura del Estado que profundizó los patrones de apropiación de lo público por parte de redes de poder político-empresariales. Este proceso, iniciado con los programas de ajuste estructural de la administración de Rafael Callejas, facilitó la privatización de servicios esenciales, como la energía eléctrica, y la consolidación de grupos empresariales específicos como los principales “captores” de la arquitectura institucional. El golpe de Estado de 2009 funcionó como un punto de quiebre que aceleró esta dinámica, permitiendo la implementación de proyectos de despojo territorial como las ZEDEs y la consolidación de un sistema de corrupción hegemónico que erosiona la soberanía nacional. En la actualidad, el Estado hondureño es analizado como un espacio de disputa donde la selectividad estratégica de las instituciones privilegia sistemáticamente los intereses de un bloque dominante, manteniendo la vigencia de la lógica de la “República Bananera” bajo nuevas formas de control.

2. La disputa por el rumbo de Honduras

Tras 188 años de la balcanización centroamericana, en 2022 por primera vez logró llegar un partido político de izquierda a la esfera pública del poder institucional en Honduras. El partido Libertad y Refundación (LIBRE) surge desde la resistencia popular y el golpe de Estado de 2009, y en 2022 logra ganar la presidencia de Honduras, poniendo un freno de emergencia a la inercia de la República Bananera. Por primera vez en la historia el pueblo empieza a ganar conquistas desde el aparato estatal y no desde las calles. Esta nueva dinámica encuentra tensiones en la estructura del Estado y su selectividad estratégica.

El gobierno de la presidenta Xiomara Castro comienza a desenredar los tentáculos de los poderes fácticos. Una de las herramientas donde se concreta la tensión de la selectividad estratégica del Estado es en el Presupuesto General de la República, el cual le apuesta a la inversión social, caminos productivos, bonos tecnológicos, la construcción de 8 hospitales nuevos, y el rescate de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica. Estos constituyen los primeros cimientos de las múltiples refundaciones que necesita Honduras para enfrentar la multicrisis estructural e histórica que le aqueja.

Sin embargo, a pesar de enfrentar las lógicas de poder y la selectividad estratégica del Estado poniendo un freno de emergencia a la República Bananera, esta resurge con el mandato de Donald Trump y la doctrina Donroe. Esta doctrina se concretiza a través de una operación mafiosa para hacer ganar al candidato ultra derechista, y del catalogado “narco partido político”, el Partido Nacional. Esta acción genera un revés a las políticas progresistas y de freno de emergencia de la república bananera, para no solo instaurar una república bananera 2.0, sino convertirla en un Feudo Bananero a través de las ZEDEs y otras organizaciones paraestatales. En ese sentido, Honduras vuelve a encontrarse en el centro de tensiones vinculadas a la soberanía nacional, las relaciones internacionales y la orientación de su modelo de desarrollo, en un momento en el que se cuestiona el alcance de la influencia estadounidense en América Latina y el futuro de los proyectos políticos progresistas de la región.

3. El orden mundial multipolar: ¿oportunidad o desafío para Honduras?

Durante décadas se nos dijo que solo existía un camino posible para el desarrollo: apertura económica, privatización y subordinación a los mercados globales. Sin embargo, el ascenso de nuevas potencias ha ampliado el margen de maniobra para países periféricos.

Comprender el futuro de Honduras exige situarlo dentro de esta transición geopolítica. El mundo atraviesa un proceso de reconfiguración del poder internacional en el que Estados Unidos enfrenta la emergencia de nuevos polos de poder económico, tecnológico y político, particularmente en Asia. China se ha consolidado como un actor central mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta, mientras India fortalece su proyección económica y demográfica. Paralelamente, Rusia busca reafirmar su influencia en Eurasia, y el mundo musulmán se encuentra en disputa por el ascenso del “Gran Israel”.

Dada la reconfiguración multipolar por regiones, es ineludible la Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump (2025)1, que pone el foco principal en el continente americano, en detrimento de Europa u Oriente Próximo. Dos siglos después de su proclamación, vuelve a la palestra la doctrina Monroe reinterpretada por Trump. Este intervencionismo se manifiesta en: 1) injerencia electoral abierta: Trump apoyó explícitamente a candidatos afines en Honduras y Colombia, y amenaza con hacerlo en otros países latinoamericanos; 2) presión militar: despliegue naval y aéreo en el Caribe, incluido el portaaviones Gerald Ford, y amenazas de acción militar contra Venezuela, que derivaron en el secuestro de un presidente; 3) designación de cárteles como organizaciones terroristas: Trump ha comparado a los cárteles de la droga con Al Qaeda, lo que abre la puerta a intervenciones militares directas; 4) la última escala en Oriente Próximo solo demuestra su alianza con Israel, dado que todas las acciones obedecen a los intereses del proyecto del gran Israel.

Frente a este arreciamiento intervencionista, han surgido momentos de reacción en América que anuncian una alternativa:

  • Brasil y el Plan PIX: Lula ha defendido la integración regional y la desdolarización, afirmando que “la única guerra que debemos librar es contra el hambre y la desigualdad”. El sistema de pagos digitales PIX se ha convertido en un símbolo de soberanía financiera.

  • México y la Cuarta Transformación: Claudia Sheinbaum profundiza en el proyecto de AMLO, fortaleciendo la soberanía energética y avanzando hacia una transformación de escala civilizatoria.

4. La soberanía como posibilidad de cambio

El surgimiento de un mundo multipolar no garantiza automáticamente el desarrollo de los países periféricos. La existencia de nuevos centros de poder no elimina las asimetrías internacionales ni asegura el fin de las viejas dependencias. Sin embargo, sí amplía el margen de maniobra para que sociedades como la hondureña puedan imaginar proyectos nacionales menos subordinados a un único actor externo.

Durante gran parte de su historia, Honduras ha oscilado entre modelos importados: primero el enclave bananero, después la industrialización dependiente y más tarde el neoliberalismo. Ninguno logró resolver de manera duradera los problemas estructurales del país. La pregunta central es: ¿qué elementos propios necesitamos fortalecer para construir un proyecto de desarrollo con capacidad de perdurar en el tiempo?

Algunos autores han denominado “Estados-Civilización”2 a aquellos países que han logrado articular estrategias de largo plazo apoyándose en trayectorias históricas, tradiciones culturales e instituciones capaces de orientar objetivos colectivos más allá de los ciclos políticos inmediatos. Más allá de las diferencias entre China, India o Rusia, existe una enseñanza común: el desarrollo requiere una visión estratégica, capacidad estatal y una noción compartida de propósito nacional.3

Para Honduras, esta discusión no implica copiar modelos ajenos. Implica preguntarnos qué recursos históricos, culturales y políticos pueden servir de fundamento para un proyecto propio. Nuestra tradición mesoamericana, el humanismo latinoamericano y la aspiración histórica a la integración centroamericana constituyen parte de ese patrimonio político frecuentemente ignorado.

En este sentido, la soberanía no debe entenderse como aislamiento ni como una consigna abstracta. Significa desarrollar capacidades concretas que permitan ampliar la autonomía de decisión del país. Seguridad alimentaria para reducir la dependencia externa; soberanía energética para sostener la producción y garantizar acceso universal; infraestructura para integrar el territorio; instituciones capaces de planificar el largo plazo; integración regional para fortalecer la capacidad de negociación internacional; y diversificación de alianzas en un mundo cada vez más complejo e interdependiente.

La experiencia del Guancasco, entendida como una práctica histórica de encuentro y reconocimiento entre comunidades distintas, puede servir como una metáfora útil para pensar una política basada en la construcción de acuerdos sin negar la diversidad que caracteriza a la sociedad hondureña. No se trata de imponer una identidad homogénea, sino de construir un horizonte compartido desde nuestras diferencias.

Después de la República Bananera, el desafío de Honduras es construir un Estado capaz de garantizar las condiciones materiales para la reproducción de la vida, proteger el interés público y ampliar las posibilidades de bienestar de su población.

En última instancia, la pregunta sigue siendo la misma que ha acompañado a nuestras repúblicas desde su nacimiento: ¿cómo construir desarrollo sin renunciar a la soberanía?

La transición hacia un mundo multipolar no ofrece respuestas definitivas. Pero sí abre una posibilidad histórica: la de pensar el futuro desde nuestras propias necesidades, capacidades e intereses. Convertir esa posibilidad en realidad dependerá, como siempre, de nuestra capacidad para imaginar un proyecto común y sostenerlo en el tiempo.


Footnotes

  1. The White House, National Security Strategy of the United States of America, Washington, 2025. ↩

  2. Enzo Girardi, “Globalistas vs. Soberanistas, disputa geopolítica primordial por el nuevo orden mundial”, Laboratoria. Revista de Ciencias Humanas, n.° 1 (Noviembre 2024): 1–10. ↩

  3. Andrew Grant, “China’s double body: infrastructure routes and the mapping of China’s nation-state and civilization-state”, Center for Asian Studies, 2018. ↩