De la colonialidad del ser-saber-poder a la tecno-colonialidad
La colonialidad del poder la entendemos como las estructuras de dominación global propias del sistema-mundo moderno/capitalista originado con el colonialismo europeo a principios del siglo XVI. En cuanto a la colonialidad del ser y el saber, se entienden de la siguiente manera: el primer concepto se refiere al proceso por el cual los grupos dominados asumen su posición subordinada como natural, debido a la supuesta superioridad de las razas y culturas europeas. Por su parte, la colonialidad del saber se refiere a la imposición y naturalización de jerarquías de conocimiento, que colocan a las formas de saber de origen europeo —sobre todo el método científico positivista— como las únicas válidas. Mientras tanto, se minimizan o se invisibilizan las culturas y saberes de los grupos subordinados, en este caso de los indígenas y los afrodescendientes.1
El tecno-colonialismo surge con la privatización de la virtualidad para la extracción, captura y apropiación del valor (capital) y la renta tecnofeudal2, es decir, hay una conquista del territorio virtual. La virtualidad comienza en la creación escalonada del internet con el ARPANET de 1969 a 1990, cuando el protocolo TCP/IP y HTTP entraron en funcionamiento en 1983-1991, y comenzó la World Wide Web (WWW). En 1995 el internet está totalmente comercializado en los Estados Unidos. Hoy lo conocemos como la Web 1.0, donde había texto estático, tal como lo vemos en las películas de los años 90.
Ya en los años 2000 la Web 2.0 hace su debut y, tal como la conocemos hoy en día, es dinámica, interactiva, tiene aplicaciones, mayor accesibilidad, comunicación de doble vía, redes sociales, plataformas digitales, etc. Esto vino a transformar la virtualidad, es decir, el terreno tecnofeudal donde el tecno-colonialismo tomó posesión. Un terreno virtual virgen donde había interacciones libres y sin ninguna influencia, hasta que cambió con la introducción del algoritmo de inteligencia artificial.
Es importante recalcar que el algoritmo siempre existió, y de manera análoga a Cristóbal Colón, cuando las carabelas permitieron navegar a contra viento y llegar al Abya Yala, comenzando así el proceso de colonización en lo que posteriormente se llamaría América. De forma similar, solo hasta que llegó el algoritmo con inteligencia artificial fue posible llegar al terreno de la virtualidad, y así comenzar la tecno-colonización gradual de las plataformas digitales. Esta tecno-colonización permitió la privatización virtual y, por tanto, ejercer un poder sobre los usuarios que ya estaban en la virtualidad.
El poder del tecno-colonialismo se funda sobre la base de la virtualidad, que se actualiza y totaliza sobre todos aquellos con acceso a ella. Esta virtualidad absorbe la realidad y luego la actualiza mediante la constante interacción infinita del algoritmo de inteligencia artificial, creando una conexión lo suficientemente estable como para virtualizar la realidad. Este proceso marca la primera vez en la historia en que se puede observar el ejercicio de poder en una dialéctica continua de dominación y opresión. En términos simples, este proceso se manifiesta en tres etapas:
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Tesis — Oprimido y extracción: el algoritmo de inteligencia artificial es inicialmente oprimido, siguiendo las instrucciones del usuario, quien actúa como dominante. Aunque el usuario sea el dominador de esta interacción, la plataforma tecnofeudal tendrá un residuo (en datos) que es el proceso de extracción de valor de lo real a lo virtual en sus diferentes formas.
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Antítesis — Dominación y actualización: el algoritmo se convierte en dominante, sugiriendo sutilmente acciones y contenidos al usuario con base en sus preferencias y datos de la realidad, haciendo que el usuario se vuelva oprimido. Esto lo conoceremos como el proceso de actualización, donde la virtualidad se realiza —vuelve real—.3 Igualmente, el algoritmo es el dominador al imponer la virtualidad sobre la realidad; sin embargo, el usuario resulta beneficiado de esta interacción de opresión en el sentido de que recibe información con algún valor (menor al valor de sus propios datos).
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Síntesis — Totalización: este ciclo crea una espiral infinita de dominación y opresión, donde cada interacción virtual perpetúa y dinamiza la dialéctica entre dominado y opresor. Esto se vuelve el proceso de totalización, es decir, el robustecimiento de las relaciones entre las partes y la totalidad, subsumiendo así los procesos de dominación y opresión, extracción (captura y apropiación) y actualización sobre la totalidad. Este ciclo infinito hace que las interacciones sean fluidas y naturales, de modo que el usuario normaliza la manera en que su vida es controlada por el algoritmo.
El poder virtual, facilitado por un control algorítmico mediante inteligencia artificial, tiene una eficiencia y eficacia altísimas para dinamizar esta dialéctica, transformando constantemente las relaciones de poder y la percepción de la realidad. Las implicaciones de esta dinámica son profundas: influyen en decisiones, comportamientos y percepciones de los usuarios en su vida cotidiana, y redefinen las estructuras de poder en la era digital.4
Por tanto, estas plataformas digitales fueron creando, poco a poco, espacios virtuales que permiten la interacción social. Esto fue evolucionando a tal punto que los aspectos sociales de la vida cotidiana se virtualizaron. Una completa virtualización de la vida real, ahora convertida en vida virtual.
De la vida social a la vida virtual
La virtualización de la vida cotidiana conlleva a que las plataformas digitales creen territorios virtuales en los cuales se inventa, en primera instancia, la propiedad intelectual, y luego, de manera indirecta, se instala una propiedad virtual. Esta crea un panorama en el que, según el territorio virtual —y por tanto la propiedad virtual—, existen diferentes dinámicas y reglas que rigen la vida virtualizada. La propiedad virtual de las plataformas digitales impone modos de vida volátiles e inestables que obligan al ser humano a normalizar rutinas diarias de bombardeo constante de contenidos audiovisuales múltiples para satisfacer sus necesidades.
Entre estas necesidades tenemos los empleos, como formas de vida y de transformación de la realidad que nos rodea a través del trabajo. Sin embargo, la virtualización de la vida llevó inevitablemente a la virtualización del trabajo. Con ello surge lo que se conoce como la economía del gig: pequeños trabajos, rápidos, sin derechos laborales, pero cuantizables en pequeños paquetes de micro-trabajos acumulativos que, al final de la jornada, semana o mes, pueden alcanzar para pagar los servicios más básicos para la subsistencia del ser humano.
Esta cuantización del trabajo por la virtualidad del mismo ha llevado a que la vida se viva día a día, sin un futuro claro, sin la certidumbre de un mejor mañana, sino más bien pensando si el ingreso diario alcanza para cubrir la alimentación básica. Es decir, una precarización de las relaciones laborales formales, ausencia de derechos laborales, y un control algorítmico que se traduce en precarización de la vida y, en consecuencia, precarización de los trabajadores como individuos.5
En tal sentido, las plataformas digitales, aprovechándose de esas nuevas dinámicas y reglas de la virtualidad y de las nuevas necesidades creadas por los microtrabajos, se consolidan como las grandes referentes de esta economía del gig. La mediación de lo social en lo virtual se hace a través de plataformas digitales de comercialización e intercambio de bienes y servicios; circulación interactiva de contenido; y plataformas integradoras, de base, tipo sistema, troncales o hiperescaladoras.6
Reflexiones finales
Es necesaria una regulación de los trabajos en plataformas para eliminar la precariedad laboral. En ese sentido, podemos ver el caso de México, que ha realizado una reforma laboral que incluye la relación laboral y los derechos laborales de quienes trabajan en plataformas.7 Sin embargo, es necesario un entendimiento profundo de las nuevas plataformas digitales y su economía política, es decir, cuáles son las nuevas relaciones o mediaciones sociales que, desde la virtualidad, se efectúan con el fin de acumular capital.
Desde la República Bananera sostenemos que este es un nuevo sistema económico que se rige por el control virtual de los datos y de quienes los producen. Ergo, el sujeto viviente se vuelve sujeto virtual, despojado de su carne y reconstituido como sujeto-dato, y solo una vez que es procesado algorítmicamente se convierte en sujeto real dentro del sistema tecnofeudal. En tal sentido, quien controla el algoritmo controla la realidad, y por tanto, es necesario socializar y regular el algoritmo que hoy está en pocas manos.
Footnotes
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Marion Lloyd, “Colonialidad del poder, del ser y del saber en una universidad intercultural en México”, Revista de la educación superior 52, no. 205, enero/marzo de 2023, págs. 41-62. ↩
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Cédric Durand, “Du rêve californien à la rente numérique, l’avènement du techno-féodalisme”, Revue Audiovisuelle de la Valorisation des Savoirs Scientifiques 4, no. 4 (2026): 58-62. ↩
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Gilles Deleuze, El bergsonismo, Ediciones Cátedra, 1987. ↩
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Laura C. Moisá Elicabide y Sebastián Álvarez Osorio, “Trabajo en plataformas en Colombia: revisión crítica de la literatura, marcos teóricos y vacíos de investigación”, Trabajo y Sociedad 27, no. 46, mayo de 2026. ↩
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Rodrigo J. Gomez, Rogério Galvão y Maura Vello, “The Precarization of Work on Digital Platforms: An Integrative Review of the Gig Economy”, VI Seminário dos PPGs Profissionais em Administração (Sppa), mayo de 2026. ↩
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Helena Martins y César Bolaño, “Para uma crítica da economia política das plataformas digitais: a configuração de uma nova estrutura de mediação social”, Contracampo 44, no. 1 (2025). ↩
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María A. Morales Ramírez, “Trabajo en plataformas digitales. Su regulación en México”, XIII Congreso Regional Americano de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, septiembre de 2025, págs. 1-14. ↩