¿Por qué Honduras sigue teniendo uno de los mercados laborales más precarios de América Latina? La respuesta suele buscarse en problemas contemporáneos como la informalidad, la maquila, los bajos salarios o las plataformas digitales. Sin embargo, estas formas de empleo son apenas el capítulo más reciente de una historia mucho más larga.

La historia del trabajo en Honduras no es únicamente la historia del empleo. Es la historia de cómo distintas élites económicas (coloniales, nacionales y transnacionales) han organizado, controlado y aprovechado la fuerza de trabajo para insertarse en la economía mundial. En palabras de Marx, la fuerza de trabajo constituye:

[…] el conjunto de las condiciones físicas y espirituales que se dan en la corporeidad, en la personalidad viviente de un hombre y que éste pone en acción al producir valores de uso de cualquier clase.1

Desde la esclavitud colonial hasta las plataformas digitales, la clase trabajadora de Honduras ha sido concebida como una fuente de mano de obra barata en lugar de concebirse como la columna vertebral del desarrollo nacional. Este artículo propone recorrer, brevemente, cinco etapas de la relación capital-trabajo para exponer la precariedad laboral, no como un problema reciente en el país, sino como parte constitutiva de su historia de acuerdo con las transformaciones del capitalismo occidental.

I. La esclavitud: el trabajo bajo la coerción colonial

La historia del trabajo en Honduras comenzó mucho antes del salario. Durante la época colonial, indígenas y africanos sostuvieron con su trabajo la economía en beneficio de élites coloniales y la corona española, y sin ninguna libertad para decidir sobre su propio destino. La fuerza de trabajo no se obtenía mediante contratos, sino a través de la violencia, la conquista y la esclavización de pueblos enteros.

La esclavitud indígena y africana constituyó uno de los pilares sobre los que se edificó la economía colonial, proporcionando trabajadores para la agricultura, la minería, la construcción de infraestructura y el servicio doméstico.2 Como expresa Linda Newson, el tráfico de esclavos indígenas era de las actividades más rentables para los colonos.3

La minería ocupó un lugar central dentro de este esquema. La región de Tegucigalpa se convirtió en uno de los principales centros de extracción de plata, actividad que demandaba grandes cantidades de fuerza de trabajo. La disminución de la población indígena y las constantes fugas de las reducciones de indios obligaron a las autoridades coloniales a recurrir cada vez más a esclavos africanos. Las condiciones eran tan duras que muchos morían en los lavaderos de oro o eran trasladados a actividades consideradas más rentables.

La explotación alcanzó niveles tales que en 1542 un grupo de esclavos africanos se rebeló en la región del Guayape, llegando incluso a expulsar temporalmente a los españoles.4 Este hecho recuerda que la historia laboral hondureña no se dio en condiciones que dieran margen de negociación a los trabajadores, sino con la apropiación violenta de la fuerza de trabajo y con formas de resistencia frente a esa explotación.

II. El trabajo y subsistencia en el siglo XIX

Tras la independencia de 1821, la estructura económica y condiciones de los trabajadores de Honduras no tuvo cambios sustanciales. Si bien la esclavitud centroamericana fue abolida en abril de 1824, la abolición legal de la esclavitud no implicó una mejora inmediata para las condiciones de vida de los trabajadores: los indígenas seguían siendo utilizados para el transporte de cargas de peso moderado5, mientras que la gran mayoría de las y los hondureños seguía dependiendo de la agricultura de subsistencia para sobrevivir.

Durante el siglo XIX las familias se dedicaron al cultivo de maíz, caña de azúcar, tabaco y, en menor medida, plátano6, y la fuerza laboral se identificaba como labradora, agricultora o trabajadora independiente. Honduras continuaba siendo una economía predominantemente rural, donde el trabajo asalariado era todavía una excepción y la producción se orientaba principalmente al autoconsumo.

Muchas familias combinaban simultáneamente la agricultura de subsistencia, pequeños talleres artesanales y trabajos jornaleros ocasionales.7 En consecuencia, el trabajo asalariado permanente seguía siendo una realidad relativamente marginal en comparación con las formas familiares y autónomas de producción.

III. La proletarización: enclave y “trabajo asalariado”

El siglo XX marcó el inicio de la mayor transformación en la historia laboral hondureña. Si durante el siglo XIX la mayoría de la población había vivido de la agricultura de subsistencia o de pequeñas unidades familiares de producción, la expansión del enclave minero y de las compañías bananeras modificó profundamente esa realidad. Miles de hondureños comenzaron a depender, por primera vez, de la venta permanente de su fuerza de trabajo para garantizar su sustento. Sin embargo, las condiciones laborales de los trabajadores no presentaron mejoras. En el caso de la Rosario Mining Company:

Los sueldos y salarios que pagan las empresas mineras, aún en su estado de mayor florecimiento, a los hijos del país, han llegado a un límite mínimo indispensable para la subsistencia del empleado y operario. Por otra parte, los dividendos que perciben los accionistas han alcanzado su mayor porcentaje en la historia de esas compañías.8

En el caso de las compañías bananeras, las condiciones laborales no parecen muy distintas:

El territorio controlado por la Cuyamel Fruit Co., es un Estado en sí mismo… alberga a sus empleados, cultiva plantaciones, opera ferrocarriles, facilidades terminales, líneas de vapores, sistemas de agua, plantas eléctricas, comisariatos, clubes, etc. También paga salarios a sus empleados en cheques de la compañía, los que debiendo ser gastados por ellos en los comisariatos, clubes, etc., obvia para la compañía tener que realizar pagos en dinero verdadero… […] Todos los puestos ejecutivos, de oficina y especializados, son cubiertos por extranjeros en tanto que el nativo solamente realiza el trabajo no especializado con el machete y su pequeño estipendio es a su vez consumido por el comisariato de la compañía.9

Paradójicamente, este control y concentración de los trabajadores en los campos bananeros permitió el surgimiento de nuevas formas de organización. El enclave reunió a miles de obreros que compartían condiciones similares de trabajo, lo que hizo posible el nacimiento del movimiento obrero hondureño. Este proceso alcanzó su punto de inflexión en 1954, cuando la Gran huelga bananera movilizó a decenas de miles de trabajadores y logró que se reconocieran derechos laborales elementales.

IV. La mano de obra barata: maquila y Nueva División Internacional del Trabajo

Durante la década de los 1970’s, el mundo asistió a un proceso de reconfiguración global de la fuerza laboral: la Nueva División Internacional del Trabajo (NDIT) describe la reorganización global de la producción impulsada por las empresas transnacionales, mediante la cual las actividades intensivas en mano de obra fueron trasladadas hacia países periféricos con bajos costos laborales, mientras que las funciones de mayor valor agregado permanecieron concentradas en las economías desarrolladas.10

Esta relocalización de la mano de obra en el Sur global se expresa de forma concreta en Honduras con el desarrollo y consolidación del enclave maquilador. Honduras comenzó a competir en la economía mundial ofreciendo salarios reducidos y condiciones laborales flexibles como mecanismo para atraer inversión extranjera. Y así, con la firma del CAFTA-RD, se establecieron parques industriales para la producción textil de forma masiva en el norte de Honduras.

Un rasgo fundamental de la NDIT es la incorporación masiva de mujeres a la industria manufacturera. No obstante, en 1995, el salario mensual promedio de las trabajadoras de la maquila rondaba los 635 lempiras, incluyendo horas extras, colocándose este ingreso ligeramente sobre la línea de la pobreza urbana.11 Además, en 2008, el salario mínimo mensual en la maquila se encontraba muy por debajo del costo de la canasta básica ampliada.12

La incorporación de Honduras a la NDIT permitió ampliar el empleo manufacturero, pero también consolidó una inserción internacional basada en la disponibilidad de mano de obra barata. Esta lógica sentaría las bases para una nueva transformación durante el siglo XXI, cuando la exportación de trabajo deja de limitarse a la manufactura para extenderse también al sector de los servicios mediante los call centers, el outsourcing y las plataformas digitales.

V. Plataformas, servicios y las nuevas formas de precarización digital

En los últimos años, y con la expansión de tecnologías digitales, la fuerza de trabajo hondureña ha comenzado a exportarse mediante la prestación de servicios. El crecimiento de call centers, y servicios de delivery (PedidosYa, Hugo), servicios de transporte (Uber, InDriver), oferta de freelancers, desarrolladores de software, entre otros propios de las plataformas digitales, ha derivado en menores niveles de estabilidad laboral y protección social.

Esta realidad convive con un problema estructural que ha acompañado al mercado laboral hondureño durante décadas: la elevada informalidad. Millones de personas continúan obteniendo sus ingresos mediante pequeños negocios familiares, comercio ambulante, trabajo agrícola, servicios personales y otras actividades que permanecen al margen de los mecanismos tradicionales de protección laboral.

Vivimos en un momento histórico en que los riesgos asociados al trabajo recaen cada vez más en el propio trabajador, quien asume los costos de transporte, equipos, conexión a internet, electricidad, mantenimiento o periodos sin ingresos, mientras las empresas reducen sus responsabilidades laborales. Las formas de organización del trabajo han cambiado a lo largo del tiempo, pero, ¿han mejorado las condiciones de vida de las y los trabajadores de Honduras?

El desafío ya no es únicamente cómo generar empleo, sino cómo construir un modelo de desarrollo donde la mano de obra hondureña no sea limitada a ser la principal ventaja competitiva del país en beneficio de unos pocos, sino el motor que genere bienestar y prosperidad entre todas y todos los hondureños.


Footnotes

  1. Karl Marx, El Capital, Tomo I, Capítulo IV, Fondo de Cultura Económica, 1964, pág. 121. ↩

  2. Mario Argueta, Historia laboral de Honduras: de la Conquista al siglo XIX, Editorial Eva Thais, 2025, pág. 40. ↩

  3. Linda Newson, El Costo de la Conquista, Editorial Guaymuras, 2000, pág. 158. ↩

  4. Mario Argueta, Historia laboral de Honduras: de la Conquista al siglo XIX, pág. 28. ↩

  5. José Guevara Escudero, Honduras en el siglo XIX: su historia socioeconómica 1839-1914, Editorial UPNFM, 2007, pág. 32. ↩

  6. Ídem, pág. 133. ↩

  7. Ídem, pág. 87. ↩

  8. Julio Lozano, “La industria minera en Honduras protegida por el Estado; beneficio que recibe el país en relación a las utilidades que obtiene el capital extranjero”, Revista Ariel, tercera etapa, año XII, n. 227 y 231, (octubre, 1970 y febrero 1971): 15, 21. Citado en Mario Argueta, Historia de los sin historia 1900-1948, Editorial SEDESOL, 2024, pág. 18. ↩

  9. Mario Argueta, Historia de los sin historia 1900-1948, págs. 28-29. ↩

  10. Folker Froebel, Juergen Heinrichs, Otto Kreye, La nueva división internacional del trabajo: Paro estructural en los países industrializados e industrialización de los países en desarrollo, Siglo XXI Editores, 1980. ↩

  11. Mirta Kennedy, Melissa Cardoza, Mujeres en la maquila: el caso de la ZIP Choloma, Centro de Estudios de la Mujer, 1995, pág. 29. ↩

  12. Mateo Crossa Niell, Honduras: maquilando subdesarrollo en la mundialización, Editorial Guaymuras, 2016, pág. 153. ↩